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Terror

"El terror no es un género. Es la tabla sobre la que hacemos la taxonomía cotidiana de nuestras pasiones y nuestras afecciones": Andrea Mejía ahonda en la naturaleza del miedo.

2017/05/22

Por Andrea Mejía

Me inquieta que haya gente que pueda hacer las cosas sin terror. Caminar por los pasillos de un hospital, así sea para asistir a la revisión médica más rutinaria, terminar sobre una camilla cubierta con una sábana muy delgada color azul, con un estetoscopio helado en la espalda y los dedos largos y grises de un médico en la garganta. Llamar desde Skype. Ver cómo las nubes oscuras y cargadas se toman las cimas de las montañas como si fueran garras de algodón. De repente el mundo se hace impenetrable. O ver caer el sol. Oír silbidos en las cañerías, el agua que hierve en la estufa, los pasos de una paloma extraviada en el techo. El terror es un sentimiento natural porque es evidente que todas las cosas están vivas, como está viva la almohada cuando el sonido del propio corazón se abre paso entre las plumas. Veo gente que puede manipular linternas en la más profunda oscuridad sin temblar, sin que el haz de luz que cava un túnel en lo negro los haga estremecerse en lo más mínimo. No sé cómo hacen. Es como encontrar ropa tirada al lado de la cama y no pensar que ese montoncito arrugado en el suelo es un espectro encogido y vacío esperando por un cuerpo que pueda animarlo, una especie de cascarón que nos recuerda que ahí dentro había algo y que ahora ya no hay nada. El terror envuelve las cosas con su aliento y desde ellas nos llega entonces una clave intermitente, una respiración que se agita también en el cuerpo flotante que duerme sobre la cama y que en la mañana animará los restos de ropa hueca arrumada, quién sabe cómo, porque todo cuerpo durmiente es también un espectro desanimado, solo que a otra escala. Al menos en mi caso, el terror puede irrumpir siempre de manera inesperada en el trato con los objetos cotidiandos, incluso a plena luz del día. A lo mejor es culpa de mi imaginación exaltada.

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