Esta imagen forma parte de la obra fotográfica del artista arhuaco Amado Villafaña Chaparro, que aparece en el libro Palabras de Ankimaku, que isa acaba de editar. Esta imagen forma parte de la obra fotográfica del artista arhuaco Amado Villafaña Chaparro, que aparece en el libro Palabras de Ankimaku, que isa acaba de editar.

Un caso de unión en la Sierra Nevada de Santa Marta

La cooperación que desde hace diecisiete años desarrollan ISA y sus filiales junto con el pueblo arhuaco en la Sierra Nevada de Santa Marta deja claro que es posible realizar proyectos de infraestructura con base en procesos de diálogo y respeto. La labor es hoy un modelo para otras empresas en el país.

2020/01/20

Por María Alejandra Peñuela Hoyos*

Este contenido surge de una alianza entre ISA y ARCADIA

La Sierra Nevada de Santa Marta fue reconocida legalmente como territorio ancestral en 1973. Sin embargo, el territorio sagrado se extiende más allá de la Sierra y cobija una enorme zona entre los departamentos de La Guajira, Magdalena y Cesar, en un territorio conocido como la Línea Negra o Sei shizha.

La Línea Negra congrega los lugares sagrados de las cuatro comunidades indígenas que habitan la Sierra: arhuacos, wiwas, koguis y kankuamos. Para estos pueblos, el equilibrio del mundo depende de la preservación de los territorios sagrados; cada elemento de la naturaleza tiene un orden y un sitio, y en su conjunto controlan desde la abundancia de frutas y aves hasta la protección del peligro en los caminos. Por eso los indígenas de la Sierra siempre vieron con desconfianza y recelo la intervención del territorio a causa de obras e infraestructura.

Esto fue lo que, en un inicio, sintieron en la Sierra en 2003, cuando ISA (Interconexión Eléctrica S. A.) ganó la licitación para diseñar, construir y operar la subestación eléctrica que existía en El Copey, en Cesar, y que conectaría energéticamente a la costa atlántica con el centro del país. Ante las dimensiones del proyecto, la empresa vio necesario dar inicio a un acercamiento con el pueblo arhuaco y puso la tarea en manos de la antropóloga Susana Jaramillo, cuya labor, con el tiempo, se ha convertido en un modelo de cómo construir relaciones, basadas en el intercambio de saberes y la confianza, entre una organización de infraestructura y una comunidad ancestral.

Cuando todo arrancó, la idea de ISA era entablar una relación con el pueblo arhuaco que permitiese el diálogo: presentarles el proyecto a sus representantes y conocer las inquietudes e impedimentos en la comunidad. “En muchos casos, incluso en el caso de las consultas previas, los procesos de acercamiento a los pueblos indígenas en Colombia se han hecho al revés”, cuenta Alessandro Torres, antropólogo de ISA, para subrayar la importancia de lo que hicieron Jaramillo y su equipo. “En vez de procurar un acercamiento y un conocimiento previo de las comunidades, su cultura y sus preocupaciones, en Colombia se han creado proyectos sin visitar el territorio, sin conocer a las comunidades, y se llevan a cabo consultas previas que, al no tomar en cuenta a las comunidades, son poco exitosas”. ISA, explica Torres, revirtió el modelo; se acercó a la comunidad antes de la consulta y le dio al proyecto garantías de ser más estable al tener en cuenta la voz del territorio.

Para los indígenas arhuacos, la Sierra y las tierras sagradas de la Línea Negra son vitales. “La protección de la Sierra garantiza la vida del universo”, explica Gelver Zapata, líder de la comunidad y miembro del equipo de apoyo de territorio de la Confederación Indígena Tayrona. Para él y los miembros de su pueblo, todas las partes de la naturaleza –esto incluye las piedras– tienen un espíritu y de ellas depende el equilibrio del mundo. Cualquier afectación al territorio, cualquier piedra que se mueva o se retire, cualquier estado natural que se perturbe, puede ocasionar impactos no solo en el medioambiente, sino también en la cultura.

Gelver Zapata cuenta que lograr que la empresa entendiera eso fue un desafío, pero que terminó siendo posible gracias a la apertura con que la organización y sus trabajadores abordaron la comunicación. “El diálogo ha sido fundamental en todos los niveles: con las personas de orden social en la empresa, los directivos, los mandos medios, las compañías que ejecutan las obras –dice Zapata–. Inicialmente fue desastroso sentarse con los ingenieros porque parecía que hablábamos lenguajes diferentes, pero con el tiempo hemos logrado que se reconozcan nuestras posturas”.

La relación entre ISA y los indígenas arhuacos también les impuso desafíos a estos últimos. El mayor tenía que ver con la pregunta de cómo podían resolver la oposición entre su deseo de que nadie afecte su territorio y la necesidad de que el país se desarrolle mediante obras de infraestructura. Decidieron adoptar una posición que permitiera la labor de ISA, pero que garantizara medidas para mitigar el daño y proteger su territorio. “Nuestra relación con ISA no ha sido intercultural como afirman algunos –dice Zapata–, simplemente se ha convertido en una relación que respeta a las comunidades y entiende las necesidades del país. Nosotros hemos decidido cuál es nuestro aporte a ese desarrollo”.

En 2014, once años después del inicio del proyecto, el equipo de antropólogos que lideraba Jaramillo logró un objetivo fundamental: establecer una ruta metodológica que fuera clara y permitiera construir sobre una relación de cooperación. La ruta empezó con una acción de reconocimiento –un recorrido por el territorio–, siguió con reuniones para definir los impactos, luego abrió un espacio para fijar acuerdos, y terminó con rituales y pagamentos que, en la visión de los indígenas, garantizan el equilibrio del universo cuando se ha afectado al territorio.

El programa de sostenibilidad Conexión Jaguar se integra a las iniciativas conjuntas con la comunidad arhuaca. Ese programa de ISA se desarrolla en conjunto con aliados técnicos como South Pole y Panthera, y busca contribuir a la conservación de la biodiversidad, la mitigación del cambio climático, el desarrollo de las comunidades rurales y la conectividad de los hábitats naturales del jaguar en América Latina. La empresa considera que la protección del jaguar–para los arhuacos un animal sagrado protector de la biodiversidad, el agua y el bosque– será su mayor legado a generaciones futuras, pues es un indicador de vida y del adecuado funcionamiento de los ecosistemas naturales.

Un hito bajo tierra

La confianza y el diálogo son palabras clave en la relación de cooperación entre ISA y los líderes arhuacos. Para explicar por qué, Alessandro Torres narra una experiencia que se convirtió en un hito. En 2005, cuando el proyecto llevaba apenas dos años y se llevaban a cabo las primeras excavaciones, los ingenieros hallaron restos humanos en la subestación de El Copey. Aunque la organización había adelantado una prospección arqueológica del suelo antes de empezar la obra –precisamente para evitar este tipo de incidentes–, la aparición de los restos óseos fue una sorpresa. “Además fue un momento de mucha incertidumbre”, añade Torres. La empresa decidió detener los trabajos e informar a la comunidad. Hubo conversaciones durante seis meses, en los que la obra se mantuvo parada y tras los cuales llegaron a un acuerdo.

Torres dice que esa experiencia fue determinante porque obligó a ambas partes a pasar de las palabras a los hechos. “Se fortaleció la confianza –la comunidad misma lo dice– porque la empresa logró demostrar que era capaz de parar toda la obra para entender la importancia del hallazgo; además, actuamos desde un principio de honestidad”. Adicionalmente, según cuenta Estefanía Avella, antropóloga y periodista de la Universidad de los Andes, las ciento veinticuatro estructuras funerarias, los ciento cuarenta y tres individuos y material lítico y cerámico encontrados constituyen uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de los últimos diez años en el norte de Colombia.

Nueve años después, ISA obtuvo la licitación para ampliar la subestación. Como había una base de confianza, este segundo proceso contó con una mayor participación de la comunidad arhuaca y con información que permitió hacer más hallazgos: cuarenta y seis entierros y sesenta y nueve individuos, que el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) registró y catalogó como patrimonio nacional. Haciendo uso de su derecho a su conocimiento ancestral y sus tradiciones, el pueblo arhuaco reenterró los restos y los trató según sus creencias y rituales. ISA respetó la decisión.

Gelver Zapata asegura que el proceso con ISA ha sido importante porque les ha permitido crear proyectos de cooperación en que la comunidad tiene una participación activa y decisiva. “Se ha convertido en un modelo para todas las empresas en Colombia, –dice–. En los últimos años, isa ha tenido la posibilidad de construir proyectos de manera anticipada con las comunidades, como debería ser”. El modelo construye las iniciativas de la mano de los líderes comunitarios, haciendo que el pueblo manifieste desafíos y preocupaciones y que sea parte no solo de un proceso de reconocimiento, sino también de la realidad del proyecto. Ese enfoque ha evitado, añade el líder arhuaco, que la labor de infraestructura tenga impactos mayores en el territorio. “Para nosotros eso es muy importante”.

Aún hay puntos de debate entre las empresas y el pueblo arhuaco, en especial en relación con el temor que todavía produce en la comunidad que se siga afectando el territorio para construir infraestructura eléctrica –para ellos la electricidad, además, no es un servicio necesario–. Pero ambas partes ven en el modelo de cooperación que han desarrollado un camino a seguir, ya puesto a prueba cuando la mediación se hace necesaria, anclado en los principios de respeto, diálogo y honestidad, y en una relación de iguales.

La magnitud del territorio

Palabras de Ankimaku es un libro que, mediante fotografías y relatos, busca narrar la relación de casi dos décadas entre ISA y el pueblo arhuaco en la Sierra Nevada de Santa Marta. Las imágenes, obra del fotógrafo arhuaco Amado Villafaña Chaparro, son una mirada a la vastedad y la magnitud cultural del territorio sagrado de la comunidad. Por su parte, los textos reconstruyen la historia de cómo por medio del diálogo ambas partes establecieron una relación de confianza, entre iguales, que le permitió a la empresa hacer realidad grandes proyectos de infraestructura –vitales para el desarrollo del país– y a la comunidad arhuaca expresar sus preocupaciones, participar en el desarrollo de los proyectos y proteger su territorio. El libro recoge una experiencia inédita en Colombia y plantea desafíos para las futuras relaciones entre la empresa y las comunidades indígenas.

*Peñuela es periodista freelance con un pregrado en Literatura y una maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Columbia. Fue editora digital de ARCADIA.

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