Allá nos veremos (2018). Óleo sobre lienzo, 150 x 200 cm. Adriana Ciudad Allá nos veremos (2018). Óleo sobre lienzo, 150 x 200 cm. Adriana Ciudad

Una intimidad colectiva: una obra sobre el simbolismo del alabao

#ColombiaEsNegra | Esta propuesta artística y multidisciplinaria busca transmitir el simbolismo del alabado, una tradición funeraria de ciertas comunidades del Pacífico colombiano. Con ello, no solo nos hace entrar en contacto con otras formas de duelo, también orienta la mirada hacia esas poblaciones marginadas históricamente.

2018/07/24

Por Claudia Segura*

Este artículo forma parte de la edición 154 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

En 2015, la artista Adriana Ciudad (Lima, 1980) me habló de su interés por iniciar, en los departamentos de Chocó y Cauca, una investigación sobre los alabaos, los cantos funerarios del noreste del Pacífico colombiano declarados en 2014 patrimonio inmaterial de la Nación. Le parecía fascinante la manera en que los alabaos permiten que una tradición ancestral y oral pase de generación en generación y perdure en el tiempo, retomando así los valores de lo colectivo a través de un proceso de sanación.

Dichos cantos solo se cantan cuando una persona de la comunidad muere. Las cantoras acompañan al cuerpo y a los familiares durante nueve días, convirtiéndose en facilitadoras de un duelo hecho en compañía. Los alabaos son un ritual sagrado, necesario para el viaje del difunto al más allá. La noción de comunidad, en una contemporaneidad tan individualista, nos devuelve a la naturaleza del ser humano que necesita a los demás para sobrevivir y ser recordado y, a la vez, nos reconecta con valores importantes como el afecto, la compañía y la memoria, centrales en la vida del individuo como ser social.

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Dos años más tarde, Adriana Ciudad participó en el Programa Internacional de Residencias de Lugar a Dudas, en Cali, con el fin de seguir adelante con su investigación sobre el poder sanador y reparador de estos cantos para las comunidades afrocolombianas. Durante los meses en que desarrolló esta labor, la artista conoció a Nidia Góngora, cantora tradicional del Pacífico, sumó fuerzas con ella e invitó al cineasta colombiano C. S. Prince. Juntos entablaron un diálogo entre el arte contemporáneo, la música y el videoarte con el objetivo de reflexionar sobre los cantos populares y su importancia para entender la noción de luto, tanto a nivel individual como nacional.

Nidia Góngora convidó a Adriana Ciudad para que conociera de su mano Timbiquí, y así comenzó el proyecto que ahora ha tomado forma en ‘Allá nos veremos, sin sombra y sin faz‘, desplegado en la muestra que presenta el Museo La Tertulia en Cali entre el próximo 14 de agosto y 14 de octubre. En el evento de inauguración, a las pinturas de Adriana Ciudad y su videoinstalación en colaboración con C. S. Prince se sumará una acción ideada junto con las mujeres cantoras: lanzar un cancionero que compila los alabaos para facilitar su difusión en la comunidad de Timbiquí. También habrá una pieza sonora experimental, metáfora del fortalecimiento de las tradiciones de las mujeres afrocolombianas.

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Todas las fotografías son fotogramas de la videoinstalación Hágase el pecho pedazos y rómpase el corazón (2018). Adriana Ciudad y C.S. Prince.

A partir de la mirada multidisciplinar y artística sobre procesos de duelo, reconciliación y reparación en la era del posconflicto, esta iniciativa se despliega en un trabajo que parte de lo simbólico, pero opera en lo físico y nos muestra cómo el arte puede ser una herramienta de transformación social y una posición política.

En sociedades neoliberales, donde el éxito se mide por el estatus económico y la acumulación de bienes individuales, la noción de comunidad tiende a quedar olvidada. Lo inmaterial, lo espiritual, la imaginación y las emociones son no solo relegadas a un terreno inferior, sino también consideradas, en general, aspectos que hay que esconder, maquillar o incluso reprimir. Muchas comunidades cargan con momentos traumáticos de los que no han podido liberarse y, al igual que muchos individuos, viven sin poder superar experiencias de pérdida y dolor.

Este proyecto muestra el potencial político de la intimidad colectiva y del afecto gracias a la recuperación de las emociones; permite acercarnos a la fantasía y al poder de imaginar, mediante la fuerza del canto como ritual que abre otras esferas, puertas y dimensiones para sanar lo intangible, el extrañamiento común que nos une a todos en el duelo.

En cierta medida, estos cantos celebran la muerte casi como un acontecimiento festivo, en el que la comunidad está para apoyar a los familiares y amigos del difunto en un ambiente de tristeza y nostalgia, pero también de esperanza y vida. Así lo demuestran las pinturas misteriosas de Adriana Ciudad. Los cuerpos aparecen como seres del más allá, suspendidos entre la vida y la muerte, mostrando su belleza involuntaria: esa hermosura innata a cada objeto, cada ser, cada paisaje, con sus imperfecciones y perennidades.

Cosa de ánimas (2018). Óleo sobre lienzo. 140 x 100 cm. Adriana Ciudad

Además, los cantos devienen escenario para la reivindicación de una comunidad marginada en lo geográfico, ignorada en lo simbólico y excluida de la cultura. “Negra soy” se titula uno de los poemas de Teresa de Jesús Venté Ferrín (ver página 26), a quien Adriana Ciudad conoció en Timbiquí.

El proceso que Adriana ha hecho posible es el de una resistencia ideológica que expone cómo cohabitan distintas realidades y diversos puntos de vista en un mismo país. Para revelar tantos registros y lenguajes, era necesario que el proyecto tomara todas las líneas de fuga: de la palabra a la escritura, de la grabación videográfica a la pintura, de la voz al performance, de la naturaleza al ensayo cinematográfico. Podríamos decir que Adriana Ciudad actúa como una etnógrafa, según la definición de Hal Foster: el artista no solo identifica una problemática; también trabaja en términos de tópicos y ejecuta modelos que colaboren con posibles soluciones a problemas existentes. En realidad, ella va mucho más allá, pues no instrumentaliza la comunidad como si se tratara de un ente exótico, ni solo desenmascara una realidad crítica: su acción la convierte en una artista cómplice que habilita un espacio donde hay positividad, redistribución de la visibilidad y confianza en la transformación real de una comunidad.

La acción política de los participantes de este proyecto consiste en difundir el simbolismo de los alabaos como un dispositivo de fuerza poética a través de una lectura artística. ‘Allá nos veremos, sin sombra y sin faz‘ nos da una lección sobre cómo actuar políticamente a partir de un proyecto artístico de prácticas coherentes, y en este caso lo hace con un resultado sublime que nos invita a pensar de forma crítica sobre nuestra contemporaneidad.

Donde el alma goza en la inmensidad (2018). Óleo sobre lienzo. 120 x 160 cm. Adriana Ciudad

Dale licencia a esta alma que esta alma quiere entrar (2018). Óleo sobre lienzo. 150 x 200 cm. Adriana Ciudad.

Todas las fotografías son fotogramas de la videoinstalación Hágase el pecho pedazos y rómpase el corazón (2018). Adriana Ciudad y C.S. Prince.

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