El Centro Cultural Las Pilanderas, ubicado en el barrio El Pozón, ha sido uno de los principales escenarios del Hay Comunitario. Por allí han pasado el ilustrador chileno Alberto Montt y la promotora de lectura colombiana Irene Vasco, entre otros. El Centro Cultural Las Pilanderas, ubicado en el barrio El Pozón, ha sido uno de los principales escenarios del Hay Comunitario. Por allí han pasado el ilustrador chileno Alberto Montt y la promotora de lectura colombiana Irene Vasco, entre otros.

Una reflexión sobre el feminismo en la educación temprana y el Hay Comunitario

Llevar la literatura y el arte a las calles ha sido una estrategia crucial del Hay Festival Comunitario para que los niños cuestionen los códigos patriarcales que son reproducidos constantemente por la televisión y las interacciones sociales. Un ensayo sobre la necesidad de sacar las artes de la escuela.

2020/01/20

Por Catalina Navas*

Una grieta por donde entra la luz

Los libros infantiles eran escasos en Colombia antes del cambio de siglo. Los favoritos de muchos eran las aventuras de Franz, de la escritora austriaca Christine Nöstlinger. Consumíamos esas historias con la avidez con que buscábamos dulces. Las niñas esperábamos ansiosas a que saliera un personaje como nosotras. A veces aparecía Gabi, la amiga que secundaba a Franz en sus aventuras. Gabi era amable, dulce, buena. Solo una vez vimos a una niña distinta: el ceño fruncido, ropa oscura, las cejas pobladas. La niña de la que Franz se enamoró era mala: lo obligó a robar de la tienda y a explorar lugares prohibidos por los mayores.

Las lecturas se sucedían unas a otras y todas las niñas resultaban siempre, como Gabi, ciudadanas ejemplares del imperio de lo uniforme y lo agradable. Para que las historias terminaran bien para ellas tenían que estar bien peinadas y hacer de la dulzura y la bondad el único camino. La situación no era distinta en los otros productos culturales que consumíamos: la televisión, las revistas. Incluso en el espacio privado se nos repetía: mejor una niña modosa que una aventurada o exploradora de nuevos lugares.

Entonces apareció Mujercitas (1868), el clásico de la estadounidense Louisa May Alcott que leímos sobre todo las niñas. El libro abrió una grieta en la dictadura de lo agradable y lo uniforme y por ella entró la luz. Incluso, aun hoy, sigue revelándoles a sus lectores que no existe un único camino para lo femenino. Hay un capítulo en que una de las hermanas se corta la melena y la vende para conseguir algo de dinero. Este gesto es revolucionario y antipatriarcal: Jo mutila lo que los hombres y su familia consideran su única belleza y la entrega por un bien mayor. Antepone sus planes a los designios de los demás. Este gesto –las tijeras, los mechones en el suelo– nos mostró a varias generaciones de niños que se podía contestar a los roles impuestos sobre lo que era ser hombre o mujer. Sin embargo, un personaje así era excepcional como un animal en extinción.

Cuando se es niño y lector, y no se lee únicamente al aprender a decodificar la palabra escrita, la representación de los roles de género en los productos culturales importa. Esa representación es una versión del mundo exterior, una versión también de los anhelos y las esperanzas que todo niño tiene. Si en esa imagen que las niñas reciben no hay mujeres, o si las hay son únicamente dulces, cuidadoras y amables, siempre se puede pensar que así es el mundo, que las historias solo terminarán bien si se es como en los cuentos; los niños, por su parte, pueden pensar que ellas solo existen, o solo deberían existir las niñas de los cuentos, y que la única manera de ser varón es ser duro, valiente y audaz. Como en la literatura para mayores, la representación importa y todo libro es político en alguna medida.

La escuela es el lugar que históricamente ha ofrecido una respuesta a los roles de género tradicionales, o un refuerzo de estos. En el tablero de clases se proyectan durante años los contenidos que se han juzgado como valiosos, formadores. Y, sin embargo, al hablarles la escuela solo a los niños, resulta hostil para la familia, la estructura social que más se beneficiaría con un cambio en los roles de género.

La familia es el lugar donde las mujeres encuentran mayor desigualdad, y el espacio privado es el que entraña más riesgos para ellas. Un estudio de la Universidad de Maryland que analizó las tareas en que 6.358 niños y jóvenes invierten su tiempo en casa, encontró que ellos usan media hora al día para hacer tareas domésticas mientras que las chicas usan cuarenta y cinco minutos. Al crecer, la brecha se amplía considerablemente. El espacio doméstico es también el más peligroso para las mujeres y las niñas: es en la casa donde ocurren el mayor número de acosos y violencias contra ellas.

Por esta razón, los espacios que propenden por construir equidad de género y acogen a la familia en su diversidad son fundamentales. Los parques, las bibliotecas, la calle, las plazas se deben abrir para que otras representaciones sobre ser niña o niño tengan lugar. No es la familia la que debe adaptarse a los espacios comunes, como se ha hecho con el cine o el teatro, es el espacio público el que debe estar dispuesto a recibir a los padres que llevan bebés en brazos, a los niños que apenas caminan y necesitan a sus mayores para que les lean los códigos que ellos aún no descifran.

Es en estos lugares, propiciados por iniciativas como el Hay Festival Comunitario, en los que la familia puede repensarse y establecer nuevas maneras de relacionarse: unas más equitativas y no violentas. Es en estos espacios donde se pueden construir de manera más efectiva roles de género que permitan a los niños y a las niñas decidir por sí mismos cómo quieren ser, en qué actividades prefieren invertir su tiempo libre y cultivar sus talentos, contestar en su propia voz a los códigos que les asigna el patriarcado y son reproducidos constantemente por la televisión, las interacciones sociales y gran parte de la literatura que se sigue produciendo.

La familia se beneficia de formar parte de un proyecto en el que se construye el trato equitativo, pero también lo hace con los contenidos culturales que se exponen al aire libre. Al llevar la música, la literatura y el arte a la calle, se los saca del anquilosamiento del aula de clases o del auditorio. En la plaza y en el parque, los autores y las creadoras se encuentran con su público sin la intermediación autoritaria del estrado: la cultura se democratiza.

Pero quizás una de las ganancias más importantes de la gestión de este tipo de espacios sea que, por un momento, el espacio público se convierte en un lugar seguro para las niñas. Al tomarse un barrio, el arte, el circo, la música transmiten un mensaje fundamental: la calle es un lugar seguro para todos y todas. Una niña que corre y hace malabares, que es admirada por su habilidad, es una ganancia para todos, niños y niñas. Gana ella el júbilo del cuerpo poderoso y la mente clara. Ganan ellos la revelación en curso de que el cuerpo de las mujeres no está en el espacio público para el consumo de las miradas masculinas, está ahí por derecho propio.

Los niños aprenden que el cuerpo de las niñas es igualmente fuerte al de ellos y que su propio cuerpo es tan flexible y delicado como el de una niña. Que está bien encontrar júbilo en el baile, que no es de apenarse cuando uno se alegra al cuidar de otros. Las niñas aprenden que pueden estar enojadas, que pueden moverse y saltar tan alto como cualquier varón. En otras palabras, los niños y jóvenes aprenden a salirse de los disfraces ajustados que los roles tradicionales de género les imponen.

El Hay Festival, que tradicionalmente ha llevado al Caribe a figuras canónicas de la literatura y el arte, sabe que la representación en las artes no ocurre únicamente en las pantallas de cine o en las páginas de los libros que circulan en librerías o son prescritos por la escuela. La representación de los roles de género, su actuación y, por ende, su transformación necesaria, ocurre también en las calles y el espacio público. Lo que para los niños del siglo pasado fue una revelación esporádica y excepcional, traída a nosotros por libros como Mujercitas, ocurre para los niños y jóvenes de este siglo en su propio barrio y en el parque de su localidad. El espacio público, que en otros tiempos fue el lugar de la actuación de los roles de género tradicionales, se convierte, momentáneamente, en una grieta por donde entra la luz.

*Navas es autora del libro juvenil de relatos Las mujeres de la Independencia (Planeta, 2019) y de la novela Correr la tierra (Seix Barral, 2020). Trabaja como profesora de literatura y escritura creativa de niños y jóvenes.
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