Un afiche soviético de 1931 diseñado por el artista Gustav Klutsis. Un afiche soviético de 1931 diseñado por el artista Gustav Klutsis.

Vanguardia roja

El entusiasmo por el triunfo de la Revolución de 1917 duró tan solo poco menos de una década. El arte, como querían los futuristas italianos, se fundía con la vida, pero artistas como Mandelstam, Mayakovski y Meyerhold terminaron en el olvido, el ostracismo o el castigo.

2017/02/24

Por Carlos Granés* Madrid

Todo debía ser nuevo, veloz, joven. La llegada del siglo XX infectó la imaginación occidental con la visión de un futuro liberado de todas las tradiciones y cargas del pasado. Pintores, escultores y poetas arrastrados por la estela de los avances tecnológicos, tan inspiradores como amenazantes, dejaron de verse como simples inventores de formas y estilos. Los más radicales ampliaron su horizonte. Las palabras, los tubos de pintura y los bloques de arcilla dejaron de ser fines en sí mismos y se convirtieron en instrumentos revolucionarios. Al hablar de lo nuevo ya no se referían solo a la manera de representar la realidad. Se señalaban a ellos mismos, a sus vidas, a la sociedad. La vanguardia artística atacó las servidumbres de la moral y de la convención para reinventar la existencia, alterar la rutina cotidiana, exacerbar las potencialidades humanas. Cambiar la vida: esa era la meta. El método, potenciar el gesto anárquico y la liberación total.

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