Ciro Galindo y Miguel Salazar. Foto: Guillermo Torres / Revista Semana,

Así me sentí al mostrarles ‘Ciro & Yo’ a víctimas de la guerra

Miguel Salazar habla de su experiencia presentando su documental a los que más sufrieron el conflicto en Colombia.

2018/03/21

Por Miguel Salazar Aparicio

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El momento de mayor ansiedad al hacer una película es el encuentro con el público, el misterio de ver cómo reacciona la gente, cómo recibe una historia que el director y su equipo han tejido durante años. Una de las mayores recompensas de mi vida ha sido vivir la reacción del público al ver Ciro & Yo, el documental que narra la historia de Ciro Galindo y su familia, víctimas de la violencia en Colombia, que se estrenó hace poco en el país.

El rito de exhibir Ciro & Yo se ha repetido desde su primera función. La película termina y hay un silencio sepulcral que se puede cortar con un cuchillo. Tras unos segundos largos, se escuchan sollozos que lentamente alientan un gran aplauso. Las luces se encienden, y se ha vuelto común ver a buena parte del público conmovido, secándose las lágrimas y los mocos con la camisa, o con lo que encuentren. Al ver a Ciro entre el público, la gente se agolpa alrededor de él y aplaude de pie, con admiración y respeto. Muchos le piden un abrazo. Algunos le piden perdón; perdón por su indiferencia. Entre lágrimas se sienten culpables de haber mirado hacia otro lado, de tener el corazón duro, de no haberse enterado. Otros le dan las gracias por haber resistido, por no darse por vencido, por no haber optado por la violencia, por seguir creyendo, por ser capaz de perdonar.

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Hace un par de semanas un señor en una cafetería reconoció a Ciro, se acercó y le dijo: “Yo vi su película y quiero decirle que usted es un berraco. Si usted puede perdonar, todos podemos. Déjeme darle un abrazo”. Tras la proyección en el Centro Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, una mujer dijo: “Esta película me acaba de cambiar la vida, quiero decirles que la usaré como referencia para criar a mis hijos, como ejemplo para educar mejores seres humanos, para formar personas sin odio”.

En otra función organizada por el Ministerio del Interior, un muchacho víctima de la violencia pidió hablar, y esforzándose por encontrar sus propias palabras le dijo a Ciro y a su hijo Esneider: “Ustedes para mí son unos héroes porque ya han podido perdonar y sanar. Nosotros aún no lo hemos podido hacer. ¿Qué debemos hacer para sanar?”. Otra joven, en una función para colegios, le preguntó: “¿Qué hago para ser activa políticamente?”. Y así hay decenas de historias.

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Sé que el poder de Ciro & Yo se debe a Ciro, su protagonista, a un hombre hecho de acero, de buen corazón, que nunca se da por vencido a pesar de perderlo todo. Ciro nos ha vuelto a mostrar la humanidad que algunas veces parece olvidada en este país. Nos ha mostrado sin vergüenza el dolor: el dolor de un padre al perder a sus hijos, el dolor que llevamos escondido los colombianos tras décadas de violencia. Creo que su historia les ha llegado al alma a tantas personas porque el documental intenta seguir esta consigna de Shakespeare: “Dad palabra al dolor; el dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe”. Y el dolor en Colombia ya ha roto demasiados corazones.

Ciro nos ha recordado lo que es la dignidad, lo que es importante. Nos ha hecho creer que sí es posible levantarse y seguir adelante, y que sí es posible perdonar y mirar hacia el futuro.

La experiencia de ver esa película colectivamente –el público alrededor de la historia de Ciro compartiendo su dolor, sus lágrimas– ha sido algo liberador que me ha devuelto la fe en el poder del cine, y del arte. Esta experiencia ha significado volver a asistir a un acto de antaño, a una experiencia compartida a la que me atrevería llamar catártica, a una limpieza colectiva, a exponer ante otros nuestro dolor como sociedad.

Al final del documental, Ciro y Esneider salen a flote y reman hacia el futuro en una balsa por el río Guayabero. Espero que el público sienta que él también saldrá a flote, que el futuro está en sus manos. Y que el cine sí puede ayudar a sanar.

*Por motivos de fuerza mayor, Antonio Caballero no pudo escribir su columna para esta edición, pero regresará en el número 151 de Arcadia.

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