Un vitral en la iglesia Regina Mundi, en Soweto, Johannesburgo, muestra a Nelson Mandela. Soweto ocupó un lugar central antes, durante y después en la lucha contra el apartheid. Un vitral en la iglesia Regina Mundi, en Soweto, Johannesburgo, muestra a Nelson Mandela. Soweto ocupó un lugar central antes, durante y después en la lucha contra el apartheid.

La vida resucitada

El autor keniano, una de las voces más potentes de la literatura africana actual, vivió en Sudáfrica cuando cayó el sistema político del apartheid a comienzos de los noventa. Una crónica personal de aquel joven universitario que eclosionó de la mano de un país que delataba las tensiones raciales y sociales del continente africano.

2016/07/28

Por Binyavanga Wainaina* Berlín

Éramos infractores de sanciones. El tío Kamazi nos recogió en el aeropuerto de Maseru. Era la primera vez que mi hermana y yo salíamos del país. Se me había ido todo mi dinero de bolsillo comprando una botella de perfume Polo. Era emocionante Lesotho (un país geográfica y políticamente enclavado dentro de Sudáfrica), olía como el Occidente. Las mujeres eran amarillas. No tenían pelo. Poco pelo. En ese entonces, muchos países africanos tenían sanciones contra Sudáfrica, incluido Kenia. Lo que Sudáfrica hacía era darle a uno un pedazo de papel aparte para que uno no tuviera el pasaporte estampado. Mandela ya había salido de la cárcel. Pero la estructura de las bantustán –veinte territorios que operaban como reservas tribales de habitantes no blancos durante el apartheid– permanecía intacta. Sudáfrica tenía educación asequible y pagaba bien por charlas. Yo tenía dos tíos en Transkei, en la provincia oriental del Cabo, el bantustán más grande.

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