El antropólogo y etnobotánico Wade Davis. Cortesía FILBo. El antropólogo y etnobotánico Wade Davis. Cortesía FILBo.

Wade Davis, el aventurero en la era TED

Davis ha explorado y difundido durante décadas la complejidad, la sofisticación y el valor de las culturas indígenas y su conocimiento. En su obra subyace el objetivo de desbancar el mito del progreso.

2019/04/15

Por Carolina Urrutia*

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Algo resulta tan poderosamente atractivo de la noción lineal del progreso –muy ligada a nuestra manera, también lineal, de concebir el tiempo, volcado hacia delante–, que hasta ahora ha sido imposible sepultarla. La idea decimonónica (o incluso anterior) de que pasamos de un estado salvaje a uno bárbaro hasta llegar a ser la mejor versión de lo humano todavía es universalmente reconfortante. No solamente le da un sentido y un propósito a la existencia, sino que nos otorga la autoridad para manipular y dominar, en beneficio propio, a quienes consideramos menos civilizados con la falsa idea de que les ayudamos a convertirse en esa versión mejorada del ser humano.

El prolífico trabajo de Wade Davis tiene la idea central de que la fórmula civilizatoria del progreso no existe. Una de sus citas más conocidas lo resume así: “El mundo en que naciste es un modelo de la realidad. Otras culturas no son intentos fracasados de ser tú; son manifestaciones únicas del espíritu humano”. Los seres humanos tenemos todos la misma capacidad, repite Davis, y la forma en que elegimos invertir esa capacidad mental es una cuestión eminentemente cultural que no refleja mayor o menor grado de genialidad. La decisión de la sociedad occidental hegemónica de invertir su genialidad en el avance tecnológico no es superior a la de otros pueblos de, por ejemplo, dedicar su capacidad a “desenredar la madeja compleja de la memoria que es inherente al mito”.

Aunque Davis se queja intermitentemente del trabajo que le cuesta escribir, haberse convertido en un escritor amoldado a su época explica la importancia de su figura pública y la facilidad con que transita de conferencias académicas a pantallas de televisión.

Sus elecciones profesionales lo encaminaban a ser un investigador principalmente académico. Como muchos de sus colegas, él pudo haberse limitado a viajar y a vivir aventuras que le permitieran publicar textos eruditos en revistas académicas y libros especializados. Pero más que etnobotánico y explorador, el Wade Davis narrador ha comprendido algo que entienden pocos en la academia: contar una buena historia es tan importante como haberla vivido.

Además de sus libros, Davis sabe usar el soundbyte: la pastillita de una o dos frases que, acompañada de una buena imagen, tiene en la era de Instagram una relevancia similar a la de los diagramas de Darwin.

Para entender cómo funciona esa mente de investigador/narrador, vale la pena revisar minuciosamente la sección “Sobre las fuentes”, del libro El río, el más vendido del autor en Colombia, que lo ha consagrado como colombiano y amante del país. Davis no se limita a enumerar las fuentes de información que consultó, sino que las explica, y relata hasta su bibliografía.

Davis estudió Antropología y Biología, e hizo un doctorado en Etnobotánica, todo en la Universidad de Harvard. Allá tomó la decisión de elegir a Richard Evans Schultes, conocido como el padre de la etnobotánica, como su mentor. Schultes se había tomado un semestre para hacer investigación en el noroccidente amazónico colombiano y había desaparecido por doce años de ininterrumpida investigación y exploración amazónica. Como dice Davis, Schultes era para sus alumnos un vínculo con los aventureros y exploradores del siglo XIX. Schultes modeló su carrera sobre la de su héroe, el botanista y explorador Richard Spruce, pero acabó por darle un giro más pop al dedicarse por largo tiempo a la investigación sobre las plantas sagradas (y alucinógenas) de los indígenas de América Central y América del Sur, particularmente el teonanacatl, el ololiuqui, y posteriormente, en la Amazonia, el curare.

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En 1967, cuando Wade Davis tenía catorce años, sus padres lo mandaron a Colombia para que aprendiera español, a pesar de la situación de violencia en el país de entonces. Cuando, años después, entró a la oficina de Schultes a decirle que quería ir al Amazonas a recoger plantas, la única pregunta del profesor fue: “¿Cuándo quiere irse?”. Sin pensarlo, el estudiante llegó a sus veinte años a vivir a Colombia por segunda vez. Dos semanas después, Davis formó parte de una expedición para llegar a los bosques del Darién. Desde entonces no ha dejado de visitar el país.

Tiene cada vez mayor eco el llamado que hace Davis a promover y reconocer la diversidad cultural y biológica de Colombia, en lo que están de acuerdo muchos conocedores de nuestra accidentada geografía. El papel de Schultes, Davis y del libro El río, junto con el trabajo incansable de colombianos como Martin y Patricio von Hildebrand, entre muchos otros, ha sido esencial en el reconocimiento y el posterior mantenimiento de los resguardos indígenas: doscientos cuarenta y seis mil kilómetros cuadrados de selva legalmente titulados a los pueblos originarios.

Esa decisión y la creación del sistema de parques nacionales son las dos medidas ambientales, antropológicas e incluso culturales más importantes que Colombia ha tomado. En un momento en que la existencia de esos resguardos y la protección a los pueblos indígenas son cuestionadas, es bueno recordar todo esto: que existen justamente para garantizar la supervivencia del conocimiento y la tradición de esas culturas, que, en palabras de Davis, son respuestas únicas a la pregunta fundamental de qué significa ser humano y estar vivo.

* Ambientalista, directora de Parques Cómo Vamos y parte del equipo de la ONG Transforma
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