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El incómodo color de la memoria

La de la raza en Colombia ha sido una guerra no declarada, una historia de exclusión cuyo arco de tiempo no acaba, un miedo de los blancos a reconocerse como iguales frente a otros. El historiador Javier Ortiz reconstruye una historia en la que el color de la piel ha definido el destino, y literalmente la vida o la muerte, para cientos de miles de colombianos.

2010/05/27

Por Javier Ortiz Cassiani

I. En 1801, a su paso por las tierras del virreinato de la Nueva Granada, el barón Alexander Von Humboldt –el faro que para ese entonces iluminaba a la élite intelectual criolla granadina– recordó que ninguna persona incapaz de ruborizarse era digna de confianza. Para el sabio prusiano, la penetración de la sangre en el sistema dérmico, “esa ligera mutación del color de la piel” común en los pueblos del “Cáucaso o raza europea”, era un signo inequívoco “de los movimientos del alma”. Entonces, “¿cómo confiar en los que no saben ruborizarse?", se preguntaba Humboldt, mientras alimentaba las ansias de poder y el inveterado sentimiento de superioridad de la élite blanca criolla del virreinato.

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