Durante el primer acto, la protagonista viste un kimono de 12 capas que usa la gente de la nobleza en Japón para ceremonias y bodas. Foto: Diana Rey Durante el primer acto, la protagonista viste un kimono de 12 capas que usa la gente de la nobleza en Japón para ceremonias y bodas. Foto: Diana Rey

"La ópera se parece más a un partido de fútbol que a un concierto”, Alejandro Chacón

ARCADIA visitó el ensayo de Madama Butterfly, una de las óperas más importantes del italiano Giacomo Puccini y última producción que gestó Gloria Zea en alianza con el Teatro Mayor. El director cuenta por qué esta producción es un "virus incurable".

2019/03/13

Por María Antonia Ruiz Espinal

Primero fue Pierre Loti, un marino francés que viajaba con frecuencia a Japón durante el siglo XIX. En esa época, cuando los extranjeros llegaban al país, se les conseguía una esposa y una casa para el tiempo que se fueran a quedar. Una esposa, no una geisha, pues se casaban. Cuando Loti terminó su temporada en la isla, dejó a su esposa. A partir de esa experiencia, escribió Madame Cryshanthème (1887), una novela que se hizo famosa.

Después fue John Luther Long, un abogado y escritor estadounidense que, influenciado por la novela de Loti y por los recuerdos de su hermana tras vivir con su esposo −un misionero metodista− unos años en Japón, escribió Madame Butterfly (1898), una historia corta que también se hizo famosa.

Y por último fue David Belasco, un productor de Broadway que leyó la novela de Long y escribió una obra de teatro basada en ésta. Así nació una de las óperas más representativas del género en la historia. Y es que por esos días de 1902, Giacomo Puccini, uno de los más grandes compositores italianos, estaba en Londres y vio la obra de teatro. Le gustó tanto que les dijo a Luigi Illica y a Giuseppe Giacosa que hicieran una ópera. Illica escribió el libreto y Giacosa lo hizo rimar. El resultado fue una ópera en dos actos que, en su versión original, se estrenó en febrero de 1904 en el teatro La Scala de Milán. A muy pocos les gustó.

Cuatro versiones después, Madama Butterfly ha sido presentada 818 veces en el Metropolitan Opera House de Nueva York y actualmente es la sexta ópera más popular del repertorio. Ahora tiene tres actos: el primero se basa en la novela de Long, y el segundo y tercero en la obra de teatro de Belasco. En Bogotá se hizo por primera vez hace 24 años, en el Teatro Colón, y fue dirigida por el argentino Alejandro Chacón.

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Hace 11 años no se ve Madama Butterfly en Colombia. La última puesta en escena fue en 2011 en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, y antes de esa función, se hizo otra en 2008 en el Teatro Cafam. Este 2019 ha vuelto otra vez de la mano de Chacón, como director escénico, al Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. Y es, también, la última producción que gestó Gloria Zea desde la Ópera de Colombia. La dirección musical está a cargo del chileno Rodolfo Fischer con la Fusión Filarmónica Juvenil de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, el Coro de la Ópera de Colombia y un destacado grupo de cantantes internacionales. Las únicas funciones serán el miércoles 13, con lleno total, el viernes 15 de marzo a las 8 p.m., y el domingo 17 a las 5 p.m.

Pinkerton abandona a su esposa aunque ella esté terriblemente enamorada. Pero promete volver. Foto: Diana Rey

De oriente a occidente

La historia se desarrolla en Nagasaki a finales del siglo XIX y principios del XX. Durante esta época, Estados Unidos y Japón consolidaron una estrecha relación comercial y los viajes entre ambos países eran frecuentes. Los protagonistas son Pinkerton, un teniente de la Marina Norteamericana, y Cio-Cio-San, también conocida como Butterfly, una joven de 15 años de origen noble.

Para hacer más amena su estadía en Japón, Pinkerton negocia con Goro, un casamentero japonés, su boda con Cio-Cio-San. Ella se convierte al cristianismo y empieza a adorar al dios de los americanos. Al enterarse de la situación, su tío Bonzo, sacerdote budista, la maldice y obliga a todos los parientes a renegar de ella. Así que se queda sola y repudiada, pero feliz al lado de su marín gringo que, a su vez, se aleja de esos a los que él llama “parientes temporales”. Él sabe que su partida es inminente. Y como hizo Loti, el marino francés, Pinkerton abandona a su esposa aunque ella esté terriblemente enamorada. Pero promete volver.

“Esta es una historia conmovedora y con una música fantástica. Para mí Puccini es una especie de terrorista musical: él te hace llorar a pesar de ti mismo. Y es que él descubrió cuáles son las tonalidades que hacen que a uno se le muevan los sentimientos. Esos acordes te llegan al alma. Es un maestro: con solo 10 minutos de la función, tú ya amas a Cio-Cio San, que la interpreta una soprano, y odias a Pinkerton, interpretado por un tenor. Yo siempre digo que si alguien viene a Butterfly y no llora tiene que irse a un psiquiatra a ver qué fue lo que le pasó y en qué momento le extirparon el sentimiento”, dice Alejandro Chacón.

Esta es la cuarta vez que Chacón hace Madama Butterfly en Bogotá. Y él llora hasta en los ensayos. Siempre le dice al público que no tenga pena de llorar porque cuando se enciendan las luces todos estarán en las mismas. Para dirigir la ópera se leyó la novela de Long y la obra de teatro de Belasco, inconseguible, que encontró gracias a un “santo” que puso en Google la edición de 1920.

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La primera versión que hizo Puccini, la que no gustó en La Scala, tenía un libreto mucho más despectivo con los japoneses. “En la novela retratan a los japoneses como unos muñequitos, como unos bichos raros que hablan raro, se mueven raro y comen raro”, explica Chacón. Para la época, Japón era un mundo exótico que después llevó a occidente sus hortensias, azaleas, porcelanas y seda japonesa, que las mujeres empezaron a usar en sus vestidos. Ese choque de culturas al principio rechazado devino en un exotismo deseado.

“Esta es una historia conmovedora y con una música fantástica. Para mí Puccini es una especie de terrorista musical: él te hace llorar a pesar de ti mismo", Alejandro Chacón. Foto: Diana Rey

Un virus incurable

Esta ópera, como la La traviata de Giuseppe Verdi, es una ópera de soprano. Es por esto que no importa tener al mejor tenor del mundo, el mejor barítono, la mejor orquesta y la mejor puesta en escena: si la soprano no es buena, no habrá nada. “Para esta temporada conseguimos a una gran soprano, Alexia Voulgaridou, quien está dentro de las tres o cuatro intérpretes de Madama Butterfly más importantes del mundo en este momento de la historia”. Es la primera vez que viene a Colombia y comparte escenario con César Gutiérrez, tenor que el año pasado estuvo en El Caballero de la rosa, ópera de Richard Strauss, también dirigida en el Teatro Mayor por Chacón.

Y si el elenco es de primera mano, la escenografía no se queda atrás. La nueva estructura de madera incorporada a los paneles tiene un aire de templo budista. Los paneles, que antes estaban pintados en loneta, ahora están pintados en gaza y son traslúcidos para facilitar el juego de luces en el escenario. Liliana Duque, quien se encargó de la escenografía original montada hace 24 años, explica que el tamaño del escenario es enorme y, comparado con la estatura de Cio-Cio-San, en cierta medida, sirve como metáfora de la soledad que ella siente.

Otra sorpresa que trae esta nueva función es el vestuario de la protagonista. Durante el primer acto viste un kimono de 12 capas que usa la gente de la nobleza en Japón para ceremonias y bodas. “Va cambiando de colores como una cebolla hasta que finalmente queda vestida de blanco y se entrega a su marino”.

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Para Alejandro Chacón la ópera es un virus incurable que se contagia la primera vez que se ve y se queda de por vida. A él le pasó así a sus 15 años cuando vio Siegfried, de Wagner, en el Teatro Colón de Buenos Aires. Le impresionó por encima del resto que la gente tiraba flores y gritaba. Y es que la ópera genera pasión: “Se parece más a un partido de fútbol que a un concierto. No hay gente que medio le gusta la ópera: o se es fanático o no se quiere saber nada del tema”.

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