Hernando Parra, director y cofundador del Teatro R-101. Foto: Teatro R-101 Hernando Parra, director y cofundador del Teatro R-101. Foto: Teatro R-101

Teatro R-101: 25 años dedicados al teatro colombiano

ARCADIA reproduce la charla de la Agencia Anadolu con Hernando Parra, cofundador del teatro R-101, uno de los colectivos de teatro más importantes de Colombia que cumple un cuarto de siglo llevando al escenario obras clásicas y lo mejor de la dramaturgia nacional.

2020/02/17

Por José Ricardo Báez G.

El 11 de febrero de 1995, hace 25 años, nació el Teatro R-101 en una tienda cervecera del barrio Germania llamada «Por aquí pasó Bolívar». Una semana después se reunieron en la Plazoleta del Chorro de Quevedo 25 personas que querían dedicarse de lleno al teatro, sin saber muy bien cómo hacerlo. Entre ellos estaba Hernando Parra, el único miembro original que permanece en el grupo y quien es su actual director. 

“El objetivo era tener un grupo de teatro que montara espectáculos, pero después de la tercera o cuarta reunión nos dimos cuenta que el enano era un gigante, que nuestros deseos, esperanzas y ambiciones superaban cualquier expectativa académica, estudiantil y universitaria. Queríamos ser un teatro profesional, con una sede y un grupo de planta, y hacerlo nos iba a costar la vida”, recuerda Hernando.

El actual director del R-101 está seguro de que si no se hubiera dedicado al teatro le habría gustado ser futbolista o cantante de salsa. Desde pequeño, según le cuenta su mamá, le gustaba estar en frente de las personas haciendo algo. Le fascinaba disfrazarse: “Tengo fotos vestido como Chapulín Colorado, vaquero, árbol, yo iba al jardín disfrazado y no me quitaba el verraco disfraz nunca”. Más tarde, empezó su gusto por la lectura y por los deportes. “Tú unes esos gustos y queda el teatro indiscutiblemente”, afirma.

Hernando es literato de la Universidad de Los Andes, donde empezó a surgir la idea de crear el grupo de teatro. Al principio ensayaban en varias universidades de Bogotá, pero el colectivo adquirió su identidad luego de que en Los Andes les prestaran el salón 101 del Bloque R, que era el edificio donde se alojó la antigua fábrica de sombreros Richard y que había sido adecuado para presentaciones teatrales. Se los entregaban a las 6 de la tarde y el grupo ensayaba hasta la medianoche casi todos los días.

Cuando Hernando tenía 20 años dirigió ‘Baal‘, de Bertolt Brecht, la primera obra que montó el R-101 luego de dos años de montaje. A una de la presentaciones fue Ricardo Camacho, entonces director del Teatro Libre: “Me dijo que la obra era una mierda, pero que le impresionaba que una persona tan joven pudiera dirigir a 18 personas en escena. Yo aproveché para pedirle que me dejara ser su asesor de dirección, pero Ricardo me dijo que solo me aceptaría si me convertía en un ser «inconspicuo»”. Hernando no sabía qué significaba esa palabra y tuvo que buscarla en el diccionario más tarde: “Que no es claramente visible o atrae la atención”.

Así aprendió a dirigir. Primero estudió de manera rigurosa a los principales teóricos y vio mucho teatro, y luego aprendió el oficio en esta especie de tutoría con Ricardo Camacho en la que por los primeros dos años no dijo una sola palabra. Pese al voto de silencio, Hernando asegura que fue el mejor entrenamiento, pues le formó el ojo al ver la manera en que trabajaba un director experimentado. Cuando el Teatro Libre montó ‘La Orestiada‘, en 1999, se convirtió, por un golpe de suerte, en el director de escena, encargado de coordinar 35 actores, ocho técnicos y cientos de luces en 150 funciones en Colombia, Venezuela y México.

Las cuatro etapas

Mirando hacia atrás, Hernando ve cuatro etapas esenciales en el trayecto del R-101. Una primera etapa va de 1995 al 2000, donde hay una búsqueda por la universalidad de la condición humana con obras que son consideradas grandes hitos de la dramaturgia Occidental y hablan de temas como el erotismo (‘Baal’), la muerte (‘Antígona’) y el estado de éxtasis y liberación que produce el carnaval (‘La farsa de los tenebrosos’).

En la segunda etapa, del 2000 al 2005, hay un primer acercamiento a la dramaturgia nacional para descifrar qué es y cómo se hacen obras colombianas. “No solo era un trabajo de montar, sino de producir un texto”, explica Hernando. Así montaron ‘El Encierro Beach Resort’ y ‘De dónde vino este animal’, escritas por Felipe Vergara. 

La tercera etapa, del 2005 al 2011, fue un diálogo con dramaturgos contemporáneos pero con adaptaciones arriesgadas al contexto colombiano, con obras como ‘Juego para dos’, de Tennessee Williams, y ‘Mi lucha’, de George Tabori, una farsa sobre el libro escrito por Hitler. También están ‘A mi manera’, de Peter Barnes, una trilogía sobre la discapacidad; ‘La bienvenida’, de Caryl Churchill, y ‘Jappy Hauer’, escrita por John Godber y Jane Thornton, las cuales fueron afinando el lenguaje del grupo. 

Finalmente, la actual etapa, de 2011 a 2020, en la que hay un segundo acercamiento a la dramaturgia colombiana, en especial con las obra de Felipe Botero, que hablan de frente sobre el contexto colombiano. Obras como ‘El Ausente’, sobre desaparición forzada; ‘Ositos de goma’, sobre la crisis de la educación, y ‘Un hombre diferente’, sobre la injusticia social. En la actualidad, preparan para septiembre el estreno de ‘No te vayas Charlie’, una obra muy pertinente sobre acoso sexual en la sala de redacción de un medio de comunicación.

La historia de la sede

El Teatro R-101 es reconocido por su sede, una hermosa casa de estilo inglés Tudor en el barrio Quinta Camacho a la que llegaron en el 2001. El lugar donde está esta mansión se alineaba con el objetivo que tenía el grupo de descentralizar la oferta de teatro del barrio La Candelaria. La casa se construyó de 1942 a 1948 y allí vivió una familia prestante hasta los años ochenta. Luego fue adquirida por la Universidad de La Sabana, que le adaptó un pequeño auditorio en el patio de la casa. Más tarde fue entregada, como parte de pago, a una de las personas que era dueña de los terrenos a donde luego se trasladó esta universidad, a las afueras de Bogotá.

En 2009, cuando el grupo llevaba ocho años de arriendo en la casa, el dueño decidió venderla, pero Hernando sin tener cómo le aseguró que él la compraría. Lograron reunir un poco de dinero para asegurar el negocio y aplazaron cada tanto la compra, pagando arriendo y adelantando cuotas pequeñas. Pero tras varios años en esta situación, el dueño decidió que no podía aplazar más la venta de la casa. Por suerte el R-101 se ganó un subsidio de compra de la Ley del Espectáculo que permitió, casi a último minuto, la compra de la sede. 

Ese día Hernando recuerda que lloró y por eso asegura que todo este proceso fue un acto de fe. “Deme una explicación... La fe. Esto era un acto de fe en el país, en que es posible hacer las cosas, en tener resiliencia, caerse y volverse a levantar, en tener persistencia y tolerancia a la frustración, en trabajar día y noche sin esperar nada a cambio, solo amando el teatro, porque cuando uno ama lo que hace, llega el dinero”, asegura Hernando.

La galleta envenenada y la memoria

El R-101 es de los pocos teatros con un público fiel. Además, demostró que hacer teatro en Colombia sí es sostenible, con un modelo de gestión que es usado como guía por el Distrito. “Desde el inicio sabíamos que teníamos que construir un lenguaje y en la medida en que uno lo construye, encuentra personas que les gusta. Un lenguaje atractivo profundo, entretenido, lleno de matices, que luego lo denominamos «la galleta envenenada»”. 

«La galleta envenenada» es como llaman al lenguaje de tres niveles de lectura que hay en todos sus montajes teatrales. Fascinante, pero con «veneno». “Como una galleta que es muy atractiva en su empaque, que asombra y llama la atención de las personas, pero que tiene un segundo nivel de reflexión sobre la condición humana y hasta un tercero que es capaz de cambiar tu manera de ver el mundo”, explica el director. 

Para Hernando el teatro no solo tiene la capacidad de cambiar la manera en que vemos el mundo, sino también la forma en la que estamos presentes en él. “El teatro es memoria. Vemos televisión para olvidarnos de nosotros mismos, pero cuando estamos en el teatro nos acordamos de nosotros, te recuerda que estás vivo, pues implica tu corporalidad, tu espíritu, tu psiquis. No puedes olvidarte de ti mismo en un teatro”. 

Por eso, después de 25 años el director siente como si estuviera volviendo a comenzar. Todo este tiempo lo recuerda como una batalla a muerte frente a la realidad de un país muy duro. “Si enmarcamos históricamente el R-101, es fruto de la Constitución de 1991, pero también de un contexto muy adverso: la violencia del narcotráfico, el proceso 8.000, la caída del Muro de Berlín. Era un país desesperanzado. Había una juventud en crisis, no sabías si iban a poner un bombazo en la esquina. Era muy complejo que alguien hiciera algo y se construyera algo”, recuerda. Las obras que han presentado son reflejo de estos frenéticos años, tiempo en el que el R-101 se ha consolidado como uno de los grandes de la escena teatral bogotana.

A corto plazo tiene unos objetivos pendientes: “Queremos consolidar un lenguaje dramatúrgico, consolidar aún más al público, conectarnos con las regiones de Colombia y llevar al R-101 a una gira internacional. También queremos darles garantías laborales a las personas que trabajan con nosotros y abrir la casa para albergar a nuevos grupos residentes que no tengan la facilidad para encontrar espacios de ensayo ni lugares para presentarse”. Sin embargo, cuando habla del futuro del “erre” no duda en señalar a su hijo, Emiliano, que gatea por el escenario: “Ahí está, ese es el futuro del R-101”.

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