'Loie Fuller bailando' (ca. 1900) de Samuel Joshua Beckett 'Loie Fuller bailando' (ca. 1900) de Samuel Joshua Beckett

'El teatro y la cultura' según Antonin Artaud

Este ensayo dedicado al papel del teatro y la actuación en la sociedad es la traducción de este mes de la sección Arcadia traduce, a cargo del filósofo colombiano Felipe Botero.

2018/04/04

Por FELIPE BOTERO*

Aprovechando que este mes alcanzamos a tener en Bogotá el Festival Iberoamericano de Teatro (FITB) y que este año se cumplieron 80 años de la publicación del original (publicado el 7 de febrero de 1938, con 400 ejemplares, en París), acá presentamos la traducción del prefacio de El teatro y su doble de Antonin Artaud, un corto ensayo titulado “El teatro y la cultura”.

Para bien o para mal, el famoso libro de Artaud ha influenciado enormemente la evolución del teatro en el mundo en el último siglo. Se podría decir incluso que se ha vuelto una obra canónica y él un autor de culto en el mundo del teatro y en el universitario. Ahí también yace su peligro, pues su lenguaje pasional y difícil de comprender se presta también para fanatismos religiosos y exaltaciones juveniles que se pueden tornar ciegas o violentas. Artaud mismo no era ajeno al fanatismo y a la violencia: su teatro de la crueldad (aplicado, por ejemplo, en la polémica pero genial Our Violence, Your Violence eslovaca, que se presentó en el León de Greiff en el marco del FITB) pregonaba un tipo de violencia espiritual que rozaba con un anti-intelectualismo radical y no estaba muy lejos de proponer una hoguera para quemar libros, como hacían los nazis en la época que Artaud escribió su tratado (uno de los capítulos de su libro es “Para acabar con los clásicos” y es sabido que en una época Artaud le envió cartas delirantes a Hitler). Su preocupación por la separación entre la vida burguesa, en la que él percibía la muerte espiritual de su país y de su historia, y el arte y las manifestaciones culturales donde todavía el pensamiento seguía vivo pero agonizante lo llevaron a adoptar posturas revolucionarias radicales que rara vez tenían una aplicación práctica concreta.

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Como Nietzsche, Artaud parece anhelar un retorno a una sociedad más primitiva en el que la magia y los mitos tengan una presencia viva fundamental para el desarrollo de la vida. Y en eso, sabiéndolo o no, Artaud es terriblemente moderno. Es una víctima de su propia época: su rechazo hacia su propio periodo histórico y a la sociedad en la que vivía en favor de un pasado idealizado o de culturas desconocidas exotizadas por su idealismo es quizás la característica más fuerte de su tiempo, como lo intuyeron los pensadores de la Escuela de Frankfurt (Benjamin decía, “La modernidad está siempre haciendo referencia a la historia primitiva”). Al igual que los surrealistas, Artaud parece no darse cuenta que la fuerza con la que él proyecta sus deseos e idealizaciones a culturas ajenas a la suya (como la cultura mexicana o la cultura india) es tan violenta como la fuerza del colonialismo europeo que causó la desaparición o la merma de esas culturas: ambas imponen su propio sentido a lo diferente y se rehúsan a dejarlo comparecer en su singularidad única. Que Artaud diga, así sea en tono elogioso, que “en México no hay arte” en la época de Diego Rivera, Frida, Orozco, Siqueiros y tantos otros más es prueba de su ceguera idealizadora y de su incapacidad (o de su falta de interés) de conocer verdaderamente la cultura mexicana.

Sin embargo, también como Nietzsche, Artaud reconoció un potencial mágico importantísimo del teatro que estaba desapareciendo por el auge de lo que él llamaba el “teatro psicológico”: el teatro ingenioso de dramas al estilo de Oscar Wilde o de las telenovelas contemporáneas en que lo único importante es el diálogo y su semejanza con nuestra vida diaria. En ese teatro el poder artístico de despertar y canalizar energías latentes o profundas con finalidad ética, política o simplemente vital, queda sepultado. Lo único que queda es un mecanismo de entretenimiento que sirve como distracción y cortina de humo para los graves problemas socioeconómicos de nuestra época (como se podría alegar que pasó con la televisión). Su llamado a utilizar todas las posibilidades del teatro y no permanecer sólo en el diálogo, a recuperar el cuerpo como núcleo del teatro del cual todo se desprende y a nutrir la tradición teatral occidental de otras propuestas culturales como el teatro balinés fueron fundamentales para la diversificación de las prácticas teatrales en el siglo XX y del siglo XXI. Y la prueba de ello es la diversidad de la oferta teatral que ha traído para esta edición el Festival Iberoamericano de Teatro, aun con la reducción de su capacidad y del número de compañías que vinieron para esta ocasión.

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Hasta ahí la coyuntura más aparente. Pero en realidad son muchas más las cosas que hacen de este corto texto una lectura relevante para nuestro momento histórico: la todavía increíble victoria de Trump en las elecciones de Estados Unidos, el resurgimiento del fascismo en ciertas naciones europeas, la dura batalla entre el populismo y la democracia, y la eterna dicotomía de derecha e izquierda de nuestras propias elecciones, evidencian de manera cada vez más nítida que vivimos en una época de crisis. Por eso es necesario volver a entablar la discusión acerca de cuál es el tipo de cultura que deseamos y cuál debe ser la relación de las artes (incluyendo al teatro) con nuestra vida. Y por más que la escritura de Artaud abunde en oscuridades lo que es claro es la urgencia con la que él transmite la necesidad de volver a pensar nuestras vidas y nuestra concepción del arte, y a la vez de dejar de pensar en la cultura y en las manifestaciones artísticas como una burbuja reservada para unos pocos que está separada de la vida pública. Si el arte se ha convertido en un lujo que sólo interesa a la élite de nuestro país es que algo estamos haciendo mal. Ese es el mensaje más importante con el que nos debemos quedar después de leer este corto, difícil pero también hermoso, texto.

Aquí puede encontrar más de Arcadia traduce

El teatro y la cultura

(Prefacio de El teatro y su doble de Antonin Artaud)

Nunca antes se ha hablado tanto de civilización y cultura, cuando es la vida misma la que está en juego. Hay un extraño paralelo entre este derrumbe generalizado de la vida, que está a la base de la desmoralización actual, y la preocupación por una cultura que no ha coincidido jamás con la vida, que ha sido hecha para ser el regente de la vida.

Antes de hablar de la cultura considero que es más importante señalar que el mundo tiene hambre y que no se preocupa por la cultura; y que no es sino artificialmente que se quiere proyectar hacia la cultura pensamientos que están dirigidos al hambre.

Lo más urgente, a mi parecer, no es tanto defender una cultura cuya existencia jamás ha salvado al ser humano de la pelea por vivir mejor y de tener hambre sino extraer de lo que llamamos cultura las ideas cuya fuerza viva son semejantes a las fuerzas del hambre.

Tenemos necesidad sobretodo de vivir y de creer en lo que nos hace sentir vivos y que hay algo que en efecto nos hace sentir vivos – y lo que proviene del interior misterioso de nosotros mismos no debe devolverse perpetuamente sobre nosotros mismos, como un vulgar malestar digestivo.

Lo que quiero decir es que si a todos nos importa tanto comer, nos debería importar aún más no despilfarrar de inmediato nuestra fuerza simple del hambre únicamente en la preocupación por comer.

Si el signo de la época es la confusión, veo a la base de esta confusión una ruptura entre las cosas y las palabras, las ideas y los símbolos que las representan.

Ciertamente no son sistemas epistemológicos los que hacen falta; su cantidad y las contradicciones que existen entre ellos caracterizan nuestra vieja cultura europea y francesa: pero ¿dónde se ve que la vida, nuestra vida, sea tocada por estos sistemas?

Yo no diría que nuestros sistemas filosóficos sean aplicables directa e inmediatamente; pero hay dos posibilidades:

O bien esos sistemas están en nosotros y nosotros estamos impregnados de ellos al punto de vivirlos, en cuyo caso ¿qué importan los libros? O bien no estamos para nada impregnados de esos sistemas y entonces éstos no merecen impulsar nuestra vida; y en ese caso ¿qué importaría su desaparición?

Hay que insistir en la idea de una cultura en acción, que se convierta en nosotros como una especie de nuevo órgano corporal, una especie de segundo aliento. Y también en la idea que la civilización es la cultura aplicada y que ésta rige hasta nuestros actos más sutiles, es el espíritu presente en las cosas; es sólo artificialmente que se separa la civilización de la cultura, es artificioso que haya dos palabras para significar una y la misma acción.

Juzgamos a un ser humano como civilizado por la manera en que se comporta y por el hecho de que piensa como se comporta. Pero ya sobre la palabra “civilizado” hay una confusión: para todo el mundo un humano “civilizado” o “culto” es un hombre entrenado en sistemas, que piensa sistemáticamente, con formas, con signos, representacionalmente.

Es un monstruo en quien se ha desarrollado hasta el absurdo esa facultad que tenemos nosotros de derivar nuestros actos de los pensamientos en vez de fusionar nuestros actos con nuestros pensamientos.

Si a nuestra vida le hace falta chispa – es decir, una magia omnipresente – es porque nos complacemos en mirar nuestros actos y perdernos en consideraciones en torno a las formas soñadas de nuestros actos, en vez de estar impulsados por ellos.

Y esa facultad es exclusivamente humana. Yo diría incluso que es esta infección humana la que arruina para nosotros esas ideas que debieron seguir siendo divinas; pues lejos de creer que lo divino inventado por el hombre es lo sobrenatural, pienso que es la intervención milenaria del hombre lo que ha terminado por corromper lo divino.

Todas nuestras ideas sobre la vida se remiten a una época en la que nada ya está vinculado a la vida. Y esta lamentable escisión es la causa de la venganza de las cosas; y la poesía, que ya no está presente en nosotros y que ya no logramos encontrar en las cosas, resurge de repente por el lado oscuro de las cosas: jamás se han visto tantos crímenes cuya gratuita excentricidad no se podría explicar si no fuera por nuestra incapacidad de poseer la vida.

Si el teatro ha sido creado para permitir a nuestros deseos reprimidos cobrar vida entonces es porque una especie de atroz poesía se expresa a través de actos extravagantes en los que las alteraciones de la vida demuestran que su intensidad está intacta y que sólo hace falta encontrar la forma de digerirla mejor.

Pero por más que clamemos nuestro deseo por la magia, en el fondo tenemos miedo de una vida que se desarrollara completamente bajo el signo de la verdadera magia.

Es por ello que la ausencia arraigada de nuestra cultura se extraña de ciertas anomalías grandiosas como, por ejemplo, que en una isla sin ningún contacto con la civilización actual el simple paso de un navío lleno de “gente de bien” pueda provocar la aparición de enfermedades desconocidas allí pero que son típicas de nuestro país: la varicela, la influenza, la gripa, el reumatismo, la sinusitis, la polineuritis, etc. etc.

Y del mismo modo en que pensamos que los negros huelen mal, ignoramos que para todos quienes no son europeos somos nosotros los blancos quienes olemos mal. Y yo diría incluso que tenemos un olor blanco, tan blanco que se puede hablar de un “mal blanco”.

Así como el hierro calentado al extremo se torna blanco, podríamos afirmar que todo lo excesivo es blanco; y para los asiáticos el color blanco se ha vuelto la señal de la más extrema descomposición.

Habiendo dicho lo anterior, podemos empezar a extraer una idea de la cultura, una idea que es en principio una protesta.

Una protesta contra el constreñimiento insensato que se le impone a la idea de cultura al reducirla a una especie de Panteón inconcebible, lo que convierte a la cultura en una idolatría, una de esas religiones idólatras que meten a sus dioses en panteones.

Protesta contra la idea aislante que se tiene de la cultura, como si existiera la cultura de un lado y la vida del otro; como si la verdadera cultura no fuera más que un medio refinado de comprender y ejercer la vida.

Podemos quemar la biblioteca de Alejandría: por debajo y por fuera de los papiros hay fuerzas; quizás perdamos por un tiempo la capacidad de encontrar esas fuerzas pero no se podrá suprimir sus energías. Quizás sea bueno que tantas facilidades desaparezcan y que ciertas formas caigan en el olvido, pues la cultura sin espacio ni tiempo que subyace a nuestro entramado nervioso resurgirá con energías renovadas. Y es justo que de vez en cuando se produzcan ciertos cataclismos que nos induzcan a volver a la naturaleza, es decir, a reencontrarnos con la vida. El viejo totemismo de bestias, de piedras, de objetos cargados de rayos, de hábitos impregnados de bestialismo, todo lo que sirve – en pocas palabras – para captar, dirigir y derivar fuerzas es ya una cosa muerta de la que sólo sabemos extraer un goce artístico y estático, un goce de espectador y no un goce de actor.

Porque el totemismo es actor, se mueve y está hecho para los actores. Y toda verdadera cultura se fundamenta en los medios bárbaros y primitivos del totemismo, cuya vida salvaje deseo adorar, esa vida completamente espontánea.

Lo que ha ocasionado nuestra pérdida de cultura es nuestra idea occidental del arte y el goce que derivamos de él. ¡Arte y cultura no pueden ir de la mano, contrario a lo que universalmente se piensa y se hace!

La verdadera cultura está impulsada por la exaltación y la fuerza pero el ideal europeo del arte busca encerrar al espíritu en una actitud aislada de la fuerza, que tan sólo asiste a su exaltación. Es una idea perezosa, inútil y que produce, a corto plazo, la muerte. Los múltiples giros de la Serpiente Quetzalcóatl son armoniosos porque expresan el equilibrio y las vueltas de una fuerza latente; y la intensidad de sus formas existe sólo para seducir y captar una fuerza que, a través de la música, despierta una escala desgarradora.

Los dioses que duermen en las Musas: el dios del Fuego, con su casco que parece un Sambenito de la Inquisición; Tláloc, uno de los múltiples dioses del Agua, en el mural verde granito; la Diosa Mar de las Aguas, la Diosa Mar de las Plantas, con la expresión inmutable y sonora de la Diosa vestida de verde jade, bajo la capa de varios niveles de agua, con la expresión extática y jubilosa, su rostro bullendo de aromas donde los átomos del sol giran y dan vueltas, el rostro de la Diosa Mar de las Plantas. Esta especie de servidumbre obligada de un mundo en el que la piedra cobra vida porque ha sido tocada como tocaba, el mundo de la civilización orgánica me refiero, cuyos órganos vitales también despiertan de su letargo: ese mundo humano entra en nosotros, participa en la danza de los dioses sin volverse atrás ni mirar para atrás, bajo pena de convertirse en estatuas consumidas por la sal, como nosotros mismos.

En México, puesto que estoy hablando de México, no hay arte y las cosas van bien. Y el mundo está en permanente estado de exaltación.

A nuestra idea inerte y desinteresada del arte una cultura auténtica opone una idea mágica y violentamente egoísta, es decir, interesada. Porque los mexicanos captan el Manas, las fuerzas que yacen latentes en toda forma y que no pueden ser extraídas por medio de la contemplación de las formas a sí mismas sino tan sólo de una fusión mágica con estas formas. Y ahí están los viejos Tótems para facilitar la comunicación.

Es duro, cuando todo nos induce al sueño y miramos con ojos amarrados y conscientes, despertarse y mirar las cosas como si estuviéramos en un sueño, con ojos que ya no saben para qué sirven y cuya mirada está dirigida hacia adentro.

Es entonces cuando una acción – desinteresada pero en todo caso acción – aparece en el horizonte y se torna más violenta la huida a la tentación del descanso.

Toda verdadera efigie tiene una sombra que la dobla; el arte cae a partir del instante en el que el escultor que lo modela piensa liberar una especie de sombra cuya existencia destrozará el descanso.

Como toda Cultura mágica derivada de los jeroglíficos apropiados, también el verdadero teatro tiene sus sombras; y de todos los lenguajes y las artes, el teatro es el único que todavía ostenta sombras que han roto con sus propias limitaciones. Inclusive es posible decir que desde un principio estas sombras no soportaban limitación alguna.

Nuestra idea petrificada del teatro va de la mano con nuestra idea petrificada de una cultura sin sombras, donde por doquiera que se vuelva nuestro espíritu no encuentra más que vacío, cuando el espacio está lleno.

Pero el verdadero teatro, en la medida que se agita y en la medida que se sirve de instrumentos vivos, logra todavía mover sombras en las que no ha cesado de transpirar la vida. El actor que no hace dos veces el mismo gesto pero que de todas maneras actúa a través de gestos se agita y así consigue violentar las formas y, detrás de esas formas, por medio de su destrucción, reunirse con lo que subyace a las formas y produce su continuación.

El teatro que no está en nada pero que utiliza todos los lenguajes: gestos, sonidos, palabras, fuego, gritos. Estos elementos están exactamente en el punto en el que el espíritu tiene necesidad de un lenguaje para producir sus manifestaciones.

Y la fijación del teatro por el lenguaje (palabra escrita, música, luces, ruidos) conduce a corto plazo a su pérdida. La escogencia de un lenguaje particular es prueba del gusto que tenemos por las facilidades que ese lenguaje provee; y el agotamiento del lenguaje acompaña a su limitación.

Para el teatro y para la cultura la cuestión ahora es nombrar y dirigir sus sombras. Y el teatro que no se apega al lenguaje y a las formas destruye con su presencia las falsas sombras y prepara la vía para un nuevo nacimiento de sombras alrededor de las cuales se arremolina el verdadero espectáculo de la vida.

Romper con ese lenguaje para tocar la vida es hacer o rehacer el teatro. Y lo más importante es no creer que semejante acto debe permanecer sagrado, es decir, reservado. Lo más importante es saber que no importa quién no pueda hacerlo y que es necesario prepararnos para ello.

Esto nos obliga a quitarnos las limitaciones habituales de los seres humanos y de los poderes humanos y a volver infinitas las fronteras de lo que llamamos realidad.

Es necesario creer en un sentido de la vida renovado por el teatro, en el que el ser humano se convierte en el amo impávido de lo que todavía no es y lo hace nacer. Y todo lo que no ha nacido todavía puede llegar a ser siempre y cuando no nos contentemos con seguir siendo meros órganos de registro.

Del mismo modo, es necesario que se entienda que cuando decimos la palabra “vida” no nos referimos a la vida reconocida por la apariencia externa de los hechos sino a ese frágil y escurridizo corazón intocado por las formas. Y si hay algo infernal y verdaderamente maldito en nuestra época es quedarse en el retoque artístico de las formas en vez de ser como mártires arrojados a la hoguera, que hacen signos parados encima de las piras en las que se los quema.

*Felipe Botero Quintana (nacido en Bogotá en 1990) es un filósofo y traductor graduado de la Universidad Nacional de Colombia. En agosto de 2017 se gradúo de la Maestría en Filosofía y Artes de la Universidad de Warwick de Inglaterra.

Ha sido parte de diversos proyectos culturales como Botero en China y SubasArte y Reproducibles del colectivo de gestores culturales QUINTA, del cual es miembro fundador. También ha publicado diversos artículos en revistas culturales en Colombia y en México, en medios como Arcadia, Estilo México y kienyke.

Ha traducido diferentes textos literarios y filosóficos entre los que se destacan El corazón de las tinieblas de Conrad (de inglés a español), Levanten alto, carpinteros, la viga del tejado de JD Salinger (de inglés a español), ensayos filosóficos de Alain Badiou y Emmanuel Lévinas (del francés al español), la obra de teatro El marinero de Fernando Pessoa (de portugués a español) y ensayos literarios de Anthony Burgess.

Actualmente Botero se encuentra en proceso de contactar a distintas editoriales de lengua inglesa para publicar la poesía completa de Giovanni Quessep por primera vez en inglés, labor que empezó hace tres años con el permiso del poeta.

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