Iván Gaona encontró en el 'spaghetti western' un camino para narrar a Colombia Foto: La ContraBanda Iván Gaona encontró en el 'spaghetti western' un camino para narrar a Colombia Foto: La ContraBanda

“Nuestra historia es un eterno devenir de las mismas discusiones. Estamos condenados”, Iván Gaona

El realizador santandereano continúa promocionando la serie 'Adiós al amigo', emitida por Teleantioquia y estrenada en la Cinemateca de Bogotá, en la que confluyen la Guerra de los Mil Días y el 'spaghetti western'. ARCADIA habló con él.

2020/03/03

Por Daniel Ospina

Realizada con su propia productora, La ContraBanda, el realizador santandereano Iván Gaona viene promocionando Adiós al amigo, una serie de seis capítulos que se desarrolla en 1902, tras la culminación de la Guerra de los Mil Días. Grabada en el Cañón del Chicamocha, es uno de sus proyectos más ambiciosos gracias a una historia que mantiene al espectador pegado a la pantalla y un trabajo de fotografía muy cuidadoso.

Tras su estreno en la Cinemateca de Bogotá en febrero y, más recientemente, su emisión en Telantioquia, ARCADIA habló con su creador sobre las motivaciones detrás de su creación, su asociación visual y narrativa con los spaghetti western, y de los vínculos que encuentra el director con la situación actual del país.

Adiós al amigo se enmarca en los años posteriores a la Guerra de los Mil Días. ¿Qué le llama la atención de ese periodo de nuestra historia?

Es un hecho histórico cercano a quienes nos criamos en Santander. El primer año de la guerra se concentró en Bucaramanga y sus alrededores, y todos los combatientes de lado y lado se nutrieron con habitantes a lo largo de los pueblos del río Suárez y el río Chicamocha. Por mi pueblo (Güepsa, Santander) pasó el gobierno reclutando y hacia el Chicamocha y Bucaramanga tuvieron lugar los primeros enfrentamientos. La presencia del cañón del Chicamocha y de sus pueblos vecinos como escenarios reales de paso y combates no pasa desapercibida.

Por otra parte, la posición radical de los bandos políticos y la revisión de los hechos y sus protagonistas, generan una terrible coincidencia del momento político actual de Colombia. Cada generación ha parido a líderes y caudillos políticos que representan, en términos generales, los mismos principios de progreso o de estancamiento. La historia de nuestro país es un eterno devenir de las mismas discusiones. Estamos condenados. 

Esencialmente es un spaghetti western a la colombiana. No es difícil encontrar en esta producción similitudes con esa clase de películas o con las ideas que ha popularizado Tarantino en su obra. ¿Fue algo que buscó desde el principio?

Es un “güestern”, dijo una amiga. El género y sus derivaciones forman parte de mi fascinación por el cine. Mi papá, Luis Gaona, era fanático, y en mi casa siempre vimos las películas que luego, estudiando cine, sabría que eran de John Ford, Sergio Leone y Howard Hawks. Fue luego de estudiar cine en la Universidad Nacional y de pensar cómo iba a ser el cine que iba a producir de la mano de un país que merece ser contado y discutido, que el género cobró una dimensión importante. La geografía similar en las montañas de Santander, los forajidos sin nombre que buscan o compran peleas, las heroínas que luchan contra el machismo y la igualdad, el temple y la agresividad de una zona del país muy compleja, me hicieron pensar que era un camino que valía la pena probar. Adicionalmente, estos autores que menciono, en su forma de realización y puesta en escena, generan académicamente para mí, un gusto estético con el cual me identifico.

¿Por qué optó por una serie en vez de una película?

La desaparecida ANTV tenía una convocatoria que invitaba a contar historias del país en episodios, pensando enriquecer las parrillas de programación de los canales regionales. Tenía la idea en ese momento de la historia y acepté la invitación de la ANTV a participar.

¿Hubo retos logísticos durante la filmación en el Chicamocha? ¿Cuáles fueron?

Todos. Es un lugar maravilloso, pero sus montañas son de respeto. Es una tierra árida en una parte y muy rica en agua y cultivos de limón, tabaco y melón, en otros. El calor es desgastante y el viento a veces ni se siente. El equipo de trabajo de La ContraBanda tuvo que poner “de tripas corazón” para resistir el clima. Aún así, el pueblo de Cepitá nos recibió y nos alojó, y muchos de sus habitantes se vincularon con el proyecto.

El transporte, por otra parte, fue el gran reto. Llegar a los lugares alejados en las montañas, transitar por esos precipicios en donde varios carros han rodado en el pasado llevándose la vida de sus pasajeros y conductores. Había que tener estómago duro para estar en el rodaje.

Usted y Edson Velandia se conocen desde hace mucho, así que no es realmente una sorpresa dicha colaboración ¿Le dio alguna instrucción particular durante la creación de la banda sonora? ¿Buscaba usted que la música dijera algo muy concreto?

Con Edson el proceso de creación siempre es muy interesante. Discutimos referencias y hablamos sobre aquella época de la guerra. Adicionalmente, otro amigo, el escritor Daniel Ferreira, había sacado a la luz su nuevo libro El año del Sol negro, que es una historia que va del primer año de la Guerra de los Mil Días hasta la batalla de Palonegro. El libro y las discusiones con Velandia nos llevaron a revisar las composiciones del maestro Temístocles Carreño, que en dicha época compuso piezas para los músicos que acompañaban los momentos de la batalla. Dichas canciones eran ritmos en bambuco y pasillo que en la partituras sugerían vientos, tiples, guitarras y percusiones de redoblante.

Con esa base, Velandia se aventuró a convocar a la Banda de Músicos de Piedecuesta para dar vida a una brillante composición que, basada en esos mismos ritmos musicales y con los mismos instrumentos, le da vida a la serie.

Resulta interesante extrapolar momentos como ese donde la cámara puede “chupar el alma” con la ingenuidad y el miedo al progreso que se percibe hasta hoy en muchos ámbitos de la vida nacional, no sólo el político. En su opinión, ¿por qué nos cuesta tanto el cambio?

El cambio genera miedo y el miedo es la base de muchos discursos políticos sociales y religiosos. Nuestra educación está ligada a esos discursos y es fácil poner los miedos en evidencia, cosa que hacen magistralmente muchos políticos que se oponen a ideas de progreso o a experimentos sociales. El cambio, por otra parte, es un proceso de prueba y error y en contextos como el nuestro, tardaremos mucho en demostrar.

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