Cersei Lannister, interpretada por Lena Headey. Cersei Lannister, interpretada por Lena Headey.

‘Juego de tronos’: reinar sobre cenizas

La popular serie de HBO interpreta inteligentemente universos arcaicos. Pero también transporta prejuicios y relaciones de poder aún muy actuales. Un ensayo sobre sus conquistas narrativas y sus limitaciones discursivas, antes del estreno de su última temporada.

2019/04/11

Por Hernán D. Caro*

El primer episodio de Juego de tronos, emitido en abril de 2011, generó grandes expectativas e hizo promesas audaces a los espectadores. En los primeros minutos quedó claro que el complejo y misterioso mundo de la serie –que recuerda a una Inglaterra inquieta y sudorosa en la Edad Media– se enfrenta a una amenaza mítica que proviene del frío y podría destruir todo orden humano. Tras un verano de diez años, uno de los protagonistas dice ominosamente: “Se acerca el invierno”, palabras que de inmediato se convirtieron en el lema de la serie. En medio de la inseguridad climática-sobrenatural, también la estructura política que hasta ahora ha mantenido unido a Westeros o Poniente –el continente en el centro de este universo narrativo– está en riesgo de colapsar. La “Mano del Rey”, el portador del cargo más poderoso después del monarca, muere de repente, lo que en Juego de tronos suele significar: fue asesinado. Antiguas y poderosas familias, que se odian a morir, se encuentran una a una. Pronto entrarán en una guerra brutal y sucia. Un mundo entero se desmorona.

También en lo que respecta al tono de la serie había promesas. Juego de tronos introdujo estrategias en aquel entonces innovadoras. No eran solo las altas proporciones de sexo y violencia, que rápidamente hicieron famosa a la serie, sino el talento de sus creadores para introducir giros inesperados, como la chocante muerte de personajes centrales. Y era, ante todo, la amoralidad sonrojante: al final del primer episodio un niño curioso sorprende a una pareja de hermanos en la torre de un castillo mientras tienen sexo. Tras un instante de reflexión, el cínico hermano (¡quien más tarde se convierte en un personaje popular de la serie!) le dice a su pérfida hermana: “Las cosas que hago por amor” y tira al niño por la ventana. Y eso era apenas el comienzo.

Ahora, ocho años después, Juego de tronos llega a su fin. Este domingo inicia la octava y última temporada de la serie y millones de personas en todo el mundo esperan ansiosos para ver quién ganará el “juego” del poder sobre Westeros. Si tenemos en cuenta el éxito de la serie, esta parece haber cumplido bien muchas de sus promesas. Juego de tronos es hoy un enorme fenómeno televisivo con un lugar seguro en la memoria colectiva cultural contemporánea: la serie más exitosa y costosa de todos los tiempos, con más de 30 millones de espectadores por episodio, cualquier cantidad de premios en todas las categorías, un presupuesto de más de 10 millones de dólares por episodio, innumerables videos, libros y artículos que exploran la serie desde diversas perspectivas, desde teoría política hasta teoría de género, desde semiótica hasta ciencias de la religión.

Juego de tronos fue adaptada para televisión por los guionistas David Benioff y D. B. Weiss a partir de la saga literaria Canción de hielo y fuego, iniciada en 1996 por el escritor estadounidense George R. R. Martin. A menudo se habla del tono shakesperiano de la historia y, en efecto, los modelos de algunos personajes se pueden rastrear hasta Enrique VI o Ricardo III. Sin embargo, para desarrollar su mundo, Martin (como el propio Shakespeare) se inspiró principalmente en fuentes relacionadas con las sangrientas “Guerras de las Dos Rosas” entre las casas aristocráticas de York y Lancaster en la Inglaterra del siglo XV.

Y así, Juego de tronos cuenta sobre las batallas entre siete casas nobles por el “Trono de Hierro”, forjado con espadas derretidas por fuego de dragón y que se encuentra en King‘s Landing, la corrupta capital de Westeros. Los dos oponentes principales son la familia Stark –tendentes a ser justos– y la Lannister –tendentes a ser despiadados–. El ascenso de Daenerys Stormborn, heredera de la dinastía de los Targaryen y quien quiere reconquistar Westeros con tres dragones, un ejército enorme y una ambición impresionante, hace que la guerra sea cada vez más drástica. Y lo peor está por venir: en el Norte, eternamente helado, del que Westeros estuvo alguna vez separado por un gigantesco muro, un ejército de muertos vivientes crece velozmente, liderado por los “Caminantes blancos”, criaturas siniestras que quieren exterminar a la humanidad. Al comienzo de la serie, su existencia es negada por la mayoría de los protagonistas. Más tarde, ignorada. Ahora, al inicio de la última temporada, los Caminantes blancos –cuyo origen tiene bastante que ver con los humanos– son el verdadero terror que hay que combatir. En un mundo ideal, las familias enemigas tendrían que unirse de cara a la amenaza abismal y existencial proveniente de la naturaleza. ¿Suena todo esto conocido?

El significado mediático de Juego de tronos es considerable. Con su tono épico, sus escenarios mítico-medievales y elementos sobrenaturales como dragones, zombies o magia –que tiene solo un papel secundario en la trama–, la serie pertenece al género fantástico, caracterizado en gran medida por El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien. Martin, no obstante, ha sabido reinventar hábilmente el género. Juego de tronos cita y ataca a la mitología mojigata de Tolkien: en lugar de nobles elfos, Martin nos regala a los Lannisters rubios y altaneros, el clan más peligroso de todo Westeros; en lugar de un hobbit amable, nos da a un enano sarcástico, bebedor y sin embargo íntegro, que quiere mejorar el mundo y, con suerte, no morirá pronto; en lugar de un sabio mago blanco, nos da a una sacerdotisa roja que actúa en nombre de un terrible dios del fuego. Juego de tronos no se trata de la lucha entre el bien y el mal, del triunfo de la justicia. Aquí todos juegan contra todos, las alianzas se forman o violan pragmáticamente. Y el mal radical proviene –como en la realidad– “no de orcos y señores de la oscuridad”, como ha dicho Martin, “sino de nosotros mismos”.

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Mientras muchos guionistas y escritores aún hoy parecen preguntarse si una protagonista que sea al tiempo fuerte y sensible, resuelta y vacilante, honorable y una gran canalla puede realmente ser creíble, hay varias mujeres en Juego de tronos que son originales, sugestivas y cuyos motivos son comprensibles, como la fascinante asesina Arya Stark, la impetuosa Daenerys Targaryen, a quien el espectador primero anima y luego teme, la contundente gobernante de diez años Lyanna Mormont, la matriarca Olenna Tyrell, libre, irónica y espiritualmente liberada, la vanidosa heredera Sansa Stark, quien solo después de pruebas terribles entiende quién es realmente, o la despiadada y lamentable reina Cersei Lannister.

Y hay en Juego de tronos otras figuras inusuales. No son sólo los típicos outsiders, sino –como se titula un episodio temprano de la serie–  “lisiados, bastardos y cosas rotas”: personajes cautivadores con diversas discapacidades sociales o físicas. Quien más se acerca en la serie a un héroe clásico, es el (supuesto) bastardo Jon Snow; en algún momento, el enano Tyrion Lannister, igualmente subestimado, le aconseja que jamás olvide “lo que eres... úsalo como una armadura”; el niño parapléjico Bran Stark se convierte en una figura decisiva; el malvado, incestuoso y arrogante caballero Jaime Lannister y el inmaduro Theon Greyjoy inician dolorosos procesos de autodescubrimiento tras perder partes de sus cuerpos; y también hay eunucos importantes, enfermos, quemados, epilépticos, ciegos. Todos ellos, como ha escrito Juan Pablo Salazar, son personajes complejos, “tienen su propia voz, y la discapacidad no es el centro de sus historias, ni aquello que los define. Los personajes son buenos o malos, héroes o villanos, independientemente de su condición”.

Los claros méritos de la serie también evidencian sus limitaciones. Los fanáticos de los libros de George R. R. Martin se quejan de que la adaptación televisiva –que avanza más rápido que el ciclo de novelas, aún inacabado, y por ende se aleja en momentos de la trama de Martin– ha reemplazado en sus últimas temporadas la sutileza de los conflictos de Martin con diálogos superficiales y espectaculares escenas de batallas. Pero hay carencias más profundas. Juego de tronos –a fin de cuentas una historia fantástica que no muestra interés alguno por ser una imagen fiel de la Edad Media europea– parece seguir atrapada en ciertos estereotipos. Considerando la originalidad de la historia, la imagen eurocéntrica de los libros y la serie es a veces asombrosa: las culturas que viven al margen de Westeros son o bien bárbaros violentos como los Dothraki, que recuerdan a los –supuestamente– primitivos mongoles; pueblos exóticos, agresivos e hipersexualizados, como los “orientales” de Dorne; o miserables esclavos de piel oscura, que están tan agradecidos cuando la conquistadora rubia Daenerys los libera que la bautizan a gritos como “¡Mhysa!” (Madre). Juego de tronos interpreta inteligentemente universos arcaicos. Pero también transporta prejuicios y relaciones de poder aún muy actuales.

Justo esto es interesante y significativo. Pues ciertamente, el tema de Martin –quien ha leído con cuidado El príncipe de Maquiavelo– es la gran política, el surgimiento y la caída de imperios. Juego de tronos es, ante todo, una reflexión épica sobre cómo se gana y se pierde el poder, cómo éste desfigura o revela a quienes lo alcanzan, y sobre qué significa aquel poder cuando se muestra inútil a la hora de detener el invierno implacable que se acerca.

Ahora que la serie llega explosivamente a su fin, la gran pregunta es: ¿quién va a ganar? ¿Daenerys con sus dragones, que se convierten en una fuerza cada vez más incendiaria? ¿La odiosa y odiada Cersei Lannister? ¿Los Caminantes blancos, con su reino de hielo y muerte? Quizás la mejor respuesta la haya dado un lector de la revista The Economist, quien escribió bajo un artículo sobre el “criterio moral” de Juego de tronos: “Espero que la serie tenga un final desolador, con alguien que rige, pero sobre poco más que sobre cenizas. Una victoria pírrica sin verdaderos ganadores”. Desolador, en efecto, pero dadas las reglas –y las promesas– oscuras de este juego, ese parece ser el único final justo.

*Doctor en Filosofía y periodista cultural. Co-editor de la revista Contemporary And América Latina.

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