Fotograma de la serie. Cortesía Netflix. Fotograma de la serie. Cortesía Netflix.

Aventuras y desventuras en ‘The End of the F***ing World’

La nueva serie de Netflix, protagonizada por dos adolescente inadaptados y conflictivos, es tan mordaz como hilarante.

2018/01/19

Por JAÍR VILLANO*

Se trata de otra serie de adolescentes atrofiados, dicen, y uno cree que ya es suficiente. Pero al verla uno encuentra un tratamiento vertiginoso y un humor ácido: “No es una película; si lo fuera, de seguro seríamos estadounidenses”, advierte Alyssa, la protagonista tempestiva y difusa.

Para ser sinceros, The End of the F***ing World no es una serie descollante. No se inscribe dentro de esa línea que representa parejas frenéticas y sanguinarias, como –pongamos el caso– Bonnie y Clyde o Raymond Fernández y Martha Beck, esas bellezas que dan vida a The Honeymoon Killers. Tampoco fantasean como los protagonistas True Romance, y no andan asesinando gente como los de Natural Born Killers.

¿Y qué? No superará los adeptos de los niños genios y la huérfana con poderes de los años ochenta, y no es tan escandalosa como la suicida de las trece razones, pero The End of the F***ing World divierte y, vaya, de qué forma. En tiempos en que los estudios demuestran que los estados emocionales de varios jóvenes se rigen por los likes, los seguidores, los retweets, los selfies y demás frivolidades, la serie resucita el espíritu por el desenfreno, la aventura y la calle. Y las ganas de gritarle a esa generación lechuguina, que la juventud es para ca*****.

Lo cual no implica el rescate de fábulas ni de enseñanzas morales; no, nada. Más bien muestra el encuentro y el escape de dos adolescentes atormentados por sus problemas familiares, y con personalidades disímiles pero conflictos comunes. Es una serie en la que el lenguaje prosaico funciona como ornamento y el humor, y una encantadora banda sonora le dan un filtro que mejora las desventuras por las que pasan sus dos protagonistas: Alyssa y James. (Muy al estilo, por lo demás, de Skins y Misfits, esas otras dos joyas británicas).

Entre las múltiples características de The End of the F***ing World, se destaca lo rauda que es en la presentación de sus capítulos: ninguno tarda más de veinte minutos; lo fácil que acorrala el interés del espectador porque desde el inicio ya sabemos que se trata de dos niñatos inadaptados y conflictivos; y lo concisa que es en la exposición de las retrospectivas de los personajes, la hilarante voz de cada uno de ellos, y su carencia de atributos físicos (bueno, uno más que otro). Después de ver el primer capítulo, es difícil no querer pasar al segundo, y recibir la madrugada terminando el resto.

Es un programa que a su manera transgrede, si bien es generacional. Los jóvenes héroes son marginales, odian los smartphones, están confundidos y ávidos por el escape. Y su encuentro es casual. De hecho, terminan colmando expectativas que no tenían.

El viaje que emprenden es la metáfora de una juventud con distintos síntomas, pero igual de enferma que juventudes pasadas. El frenesí, el deseo de explorar, el afán, el coqueteo con lo prohibido y el fastidio a la superioridad infundada por los adultos, son elementos que componen una serie que despierta sonrisas y el deseo de gritarle al mundo y a los esnobistas  de las redes sociales: ¡Fuck you!

*@VillanoJair. Escritor y periodista.

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